Qué desfasaje el del que cree que siempre le faltan cinco para el peso, y aún así persiste en la ignorancia de saberse insatisfecho con lo emprendido por suponer que lo indigno se hace eco de su haber.
Debe, haber y saldo, a ver si se logra permitir adentrarse en su aventura dejando afuera la consabida culpa de estar haciendo lo que cree correcto, sin saberlo a ciencia cierta, pero animándose a averiguarlo con su razón. Con su co-razón.
¿Es necesidad dudar antes que dar paso? A punto de dar el paso. ¿Qué hará que conjeture con incertezas sin dar paso a la certidumbre de que lo que pasa es?
Acaso prevalece la ira y la desconfianza por sobre la inercia de saber que siempre hay red que contiene, y mantiene en un manto de satisfacción realizada que nos hará enfrentar lo que tenga que ser.
De tarde, del lunes. El río Pulqui, y como se llame. El relajo de estar para los adentros se alcanza cuando el afuera y el interior son parte del mismo juego de aceptación.
¿Creer que se tiene la verdad? Apenas dejarse llevar por el estímulo, que si no es opuesto brilla por apuesto.
Me salgo de la supremacía del que calla otorga, y el que puede invita. Sólo el que se abre al sinfín de aventuras posibles, y no la tejida individualmente, sino el resonar, el devenir grupal, es quien está en eje con la vibración del universo. Porque todos somos uno y uno somos todos, no hay separación posible entre yo y lo que se desprende por extensión de mi, mismo la energía que provoca tu presencia ahí, por más silenciosa y, a veces, invisible, está allí, y nos lleva y promueve a pronunciarnos.
Lo que pasa dentro de cada cual, nadie lo sabe hasta que nos abrimos y buscamos sacar lo propio y del otro que está más a mano, a flote.
Porque el diálogo al final es eso, una sucesión de pensamientos tejidos con la única necesidad de hacernos partícipes mutuamente de lo producido.
Los instantes ocurren, y saber que uno busca menos de lo que encuentra es crucial para saberse promotor exclusivo de su sabor y aroma, su fluidez y dejadez para aprender a vivir como deseamos. Porque lo deseamos, y cómo para que se consume en la realidad sin filtro de canalizar por la mente lo que se plasma en cuerpo y se hace ACCIÓN.
Ponele que sí, que es como decís, sin apelar al veredicto afirmativo del interlocutor de turno que te escucha.
Ponele es el pie a que te siga contando, en su embale particular sin ofrecer resistencia de respuesta, sino dando la entrada a que continúe y nos muestre más.
Ponele, ponele que te entendí, ponele que estamos ya metidos en un tren sin retorno hacia una comunidad no pretendida sino contenida y mantenida por el amor.
Sí, ponele, (su)ponele, pongámosle que sea así, así podés continuar y sacar lo que querías decir pero se te mantenía guardado.
La expresión “ponele” ayuda a dar el visto bueno que toda persona necesitada de expresión busca, al estar soltando aquello que lo aquejaba, y en lugar de elegir contradecirlo y confrontar, se opta por el camino de la aceptación sin por eso decir que se está de acuerdo con lo que dice.
Ponele que te entiendo, ponele que creo lo (mismo) que decís, ¿cómo seguiría entonces? El ponele lo uso como rampa de envión para que las palabras sigan mostrando y dilucidando el tema en cuestión.
Ponele, ponele que lo dejaste claro, ponele y dale para adelante son parte del mismo todo, el que motiva a seguir en la ruta de aclaración, de desprenderse de la problemática y darle rienda suelta a la claridad de la expresión bien recibida, ponele.
En un local que provee Internet. Trabajo mientras pienso en este estilo de vida, en probar hasta donde nos guste. Tirar la soga que siempre algo nuevo sale. Animarse a ir por un poco más que hay soga para rato. Y luego, en el formato clásico de problematización que genera la vorágine de la ciudad y una consecuente ansiedad, como para tener por qué preocuparse nomás…
La lejanía de la ebullición ciudadana me permite distinguir hasta qué punto se trata de arremeter por lo que uno cree y que se dará. No hay forma de evitar esa afirmación revelada. Ir por lo que nos guste, allí estará. Se hace cuerpo.
El día que tenga que venir una revolución, natural, social, planetaria, lo hará, pasará, y nadie nos consultará si estamos preparados para hacerle frente. Las grandes situaciones se dan en el momento menos esperado, en vano es cranear mucho previamente las cosas, si luego ocurrirán y tendremos que estar lo más dispuestos y sueltos de carga para enfrentarlo. Encararlo. A la que venga.
Alejandro Rozitchner es, además de una persona accesible, cordial, humana, un entusiasta disertador de charlas. En esta oportunidad estará el miércoles 11 de agosto a las 20 horas en el teatro del bar El Taller hablando sobre el ENTUSIASMO, como el "camino subjetivo para acceder al sentido".
+ info: click aquí
Inscripción y reserva de vacantes: los atiendo personalmente, en talleres@bienvenidosami.com.ar ó 4381 8616
Día de interiores. Llovió toda la noche. Ahora no pero está todo encapotado, así que estoy dentro de la carpa pensando en mi vuelta y las cosas a emprender.
Pienso en hacer una lista, pero más tarde. Ahora quiero indagar en mis gustos, en lo que quisiera hacer y por el fragor de la lucha diaria no encaro.
Quiero escribir artículos que ayuden a otros a sentirse mejor.
Quiero modelar mi cuerpo, sentirlo alineado con las energías del cosmos y que mi boca no tenga más reparos en sentirse plena (dentista). Quiero acondicionar mi casa para recibir gente, y no pensar tanto en mudarme sino en dejarla en condiciones.
Quiero hacer nuevas amistades producto de actividades recreativas que me llamen a ser indagadas.
Quiero que sea el año en que publique mi primer nota en un medio. Quiero ejercer el periodismo espiritual que ya me animo a transmitir.
Quiero ser el comunicador de formas de autoconocimiento y buscar sentirlo pleno como estilo de vida. Constante indagador de nuevas instancias personales de superar escollos, de darle batalla a lo que nos haga sentir mal, inestables.
Tengo un trayecto recorrido y eso me da la solvencia para afirmarme en las consecuciones. El resto va apareciendo a medida que tendemos puentes, que aclaramos el panorama y salimos a buscar más.
A fuerza de enfrentarlo y verle la cara, no me atormenta el destino y sé gozar del camino, que nos lleva a la concreción.
Se elija sin más vueltas, o entendiendo que es la mente la que nos produce quemazón. El intelecto bien aplicado no es para comerse la cabeza, sino para tomar una mejor decisión.
Se escucha el ruido de la rompiente del lago, unas gotitas leves que caen sobre la carpa, y ya me armé un festín de tener comida, bebida (espirituosa incluida), libros por doquier y hojas en blanco por llenar. Buen cierre de viaje, no sufrido realmente, el tercero solo fue el vencido, mi placer de haberlo compartido, en la dicha de saberme conducto, un canal que incentive a dar más. Quiero ver el paisaje patagónico un día más y volver a concretar a mi ciudad natal.
¿Qué tiempo te corre? ¿Acaso hay algo detrás que te sopla en la nuca? ¿Tenés que llegar a algún lado sin antes haber salido?
Ese apuro, ese dislate y creencia en urgencias es propio de dogmas y fantasmas irreconciliables que te incitan a correr la coneja en búsqueda de la zanahoria que a ellos se les escapó.
Si se abandona la premura y se deja actuar al deseo quizás decidas tomar velocidad, incluso vuelo, pero no será por la inminencia de la presencia sino por el entusiasmo, la excitación misma de estar haciendo lo que deseabas y que dejó de postergarse sino que entró en consumación.
Del resto, no hay apuro, nadie te obliga ni atosiga, se desvanecen las pisadas de los ancestros irresueltos, y así irás más suelto, a tus tiempos. Porque el tiempo es hoy.
¿Qué asfixia? ¿Qué está atragantado? ¿Qué necesidad hay de retener y rumiar, en su sentido original de volver a comerse lo que ya se masticó, sobre una idea para terminar llorando en forma oculta y rebuscando, atragantándote con tu propia saliva que no quiere dejar salir lo que se pronuncia?
Todo se incorpora, son voces que quedan dando vuelta, y en algún momento salen.
Se asimila a su debido tiempo.